Cuadro de zebra
Cuando iba al colegio, fumaba bastante, me compraba ropa militar en las tiendas de SEDENA. Además me teñía el pelo, organizaba raves con mis amigos, tocaba el piano, sacaba nueves y me iba de camping a beber litronas y bailar alrededor del fuego. Unos fines de semana nos dedicábamos a limpiar los bosques donde habíamos acampado y sacábamos la paga con las fiestas que organizábamos los otros fines de semana. Creía en muchas cosas y toleraba las ideas. Podía ir tranquilamente con botas de casquillo, camisa bordada, pelos morados y semi - rapados, pendientes de semillas, miles de artículos apológicos y la misma idea de no pertenecer a ninguno de ellos al cien por cien.
La única idea era condenar los estereotipos, la violencia, las injusticias sociales y ecológicas, quizás sí, tirando más hacia la izquierda.
Nos creímos una especie de ejército por la justicia, por la paz y en contra de la ignorancia. Creíamos que la única forma de combatir el caos de nuestros países sería mediante la implantación de programas culturales y educativos.
Ahora miro a las nuevas juventudes y no veo más que la idea de consumir. Sus metas son conseguir dinero para comprar: la última versión de la play, la última versión del mdma, la última versión de los vaqueros blabla, móvil, coche, piercing….la única exigencia normal es la de la vivienda digna, cosa que ni me planteaba a esos años y no hubiera estado de más.
En Alcorcón está el reflejo de ejércitos de juventudes sin convicciones, volvemos a los 50s con rebeldes sin causa. El problema es de integración por un lado y de tolerancia por otro, y lo más seguro es que degenere en racismo. No me extrañaría nada. La ignorancia alimenta estos sentimientos. Los jóvenes son fieles amigos de este elemento, no quieren saber más, no ven la necesidad de la información. Las realidades son tan diferentes unos están jugando fútbol otros, béisbol. Es imposible lograr la homogeneidad en este “campo” social. Es necesario aceptar las diferencias para tener un punto de partida en común.
La religiosidad en nuestras vidas… Recuerdo una conversación con mi hermano sobre la importancia de la religiosidad. Provenimos de una curiosa combinación de abuelas: una católica colaboradora en las causas de ayuda a los ancianos y otra atea ferviente.
Nosotros nunca fuimos criados bajo los rituales cristianos, excepto alguna misa ocasional y de hecho en mi caso no recibí ni el bautismo, cosa que me trajo alguna que otra condenación al infierno por parte de los párvulos. Y más tarde fuimos posponiendo nuestra decisión sobre la fe religiosa que deberíamos elegir entre la multitud que nos presentaba el mundo. En Hawai recuerdo que apunto estuve de jurar fe junto a los mormones, suponía universidad gratuita, pero cuando me dijeron que tendría que dejar de adorar a un icono capitalista, o sea la coca-cola, me replantea seriamente la decisión.
Luego con el tiempo vinieron los amigos, las universidades y los colegas del trabajo. La mayoría con alguna vinculación hacia alguna fe. Entonces fue cuando llegó la conversación.
El caso es que entre unas cosas y otras se nos había olvidado creer. Y le dije “¿para qué quieres creer si estamos bien como estamos, la cuestión está en intentar ser buenas personas y punto, no?” Su contestación fue que cuando uno pasa un momento difícil en su vida y se ve perdido, la persona que cree en dios tiene algo a lo que agarrarse y ahora, sin haber sido criados bajo ninguna imposición, la libertad que teníamos nos llevaba a la conclusión de que somos personas solitarias, únicas y debemos cargar con todo exclusivamente nosotros. Ésta debe de ser la causa por la que posiblemente Nietzsche se suicidó, pensé. Esta debe de ser la causa de la soledad de miles y miles de personas. Las líneas que separan el fanatismo, la religiosidad, la soledad y la indiferencia son mínimas. Ojala se pudieran consumir como el alcohol: con moderación. Y ojala los alcohólicos pudieran recibir un tratamiento para no tener nunca 11m,11s ni sietes ni catorces.
Kundera mencionó, creo que en el libro de Ignorancia (Añornaza), que existen momentos en nuestra vida o personalidades que emiten juicios rotundos de opinión.
Decir "odio las berenjenas" puede herir a un cocinero que le encuentre a esta hortaliza un don especial pero no genera más debate que uno culinario. Sin embargo decir "jamás se debiera permitir la adopción de niños a parejas homosexuales" simplemente por dejarse llevar por el costumbrismo social es una radicalidad incongruente.
La gente parece encenderse con este tipo de conversaciones: los inmigrantes, los marginados, los gays... todo en el mismo saco y la mayoría enjuiciando "los odio".
Me pregunto si estas personas alguna vez meditan el alcance de sus palabras.¿ Realmente defenderían ese odio si se vieran implicados cercanamente con alguno de los grupos típicamente polémicos? Porque lo que sí está claro es que el concepto de odiar una berenjena si se puede defender a muerte todo lo demás es un abuso gramatical para gnerar atención.
De noche y cerveza en mano
Espero un recuerdo en vano
Lejana la hamaca y niña
Fuente de nuestras alegrías
Inicio y fin de una vida
Nada, sólo el día día del olvido.
Toda mi vida he crecido con el poema de Ehrmann que cierra con la frase "Esfuérzate por ser felíz". Y aunque la primera vez que mi madre me lo entregó no le vi la lógica, finalmente han sido los años los que me han dado la respuesta.
Llegas a la conclusión de que uno se acostumbra a todo con esfuerzo. Y cuando transformas esa costumbre en placer la felicidad viene sin más.
Tengo amigos desdichados, que buscan sin parar la fiel reproducción de sus ideales en su vida real. No es necesario captar cada uno de esos ideales sólo los esenciales. Requiere un gran esfuerzo pero sería terrible verlos condenarse a una tortura autocompasiva por el resto de su vida.
